Si el proceso electoral puede compararse con la Copa América, habría que concluir que el gobernador, José Alperovich, intenta parecerse más al uruguayo Oscar Washington Tabárez que al argentino Sergio Batista. Principalmente, porque con vistas a las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) y a las provinciales del 28 de agosto el mandatario recurre al "inflador" anímico más que a la billetera de la localía y del dream team. Al menos, en las apariencias.
Desde hace 15 días, Alperovich comenzó a citar en su despacho a los referentes territoriales del oficialismo, sean acoplados u oficiales. El mensaje del gobernador es claro, aunque para nada convincente: todos deben trabajar con el mismo ímpetu para las PASO que para las provinciales del 28 de agosto. Como buen obsesivo, Alperovich es un hombre acostumbrado a observar rivales, por lo que es consciente de que esa empresa es imposible: nadie trabaja por el pellejo de otro con la misma fuerza que lo hace por el propio. Ni él, tan preocupado por regalarle unos 350.000 votos a la presidenta, Cristina Fernández.
Alegorías
Ni siquiera con esa alegoría a la garra charrúa que permitió a los orientales ganar la competición continental, el mandatario logra contagiar de compromiso a sus jugadores. "Hay que poner huevo, mucho huevo (sic)", repite Alperovich en esas reuniones. El mensaje futbolero, decodificado en la jerga política, es contundente: no habrá recursos extra para que junten votos por Cristina, pero deben hacerlo igual, por amor a esta camiseta que tanto les dio.
Ese discurso, en un hombre que llevó la política a su grado máximo de expresión comercial, tiene pocas posibilidades de triunfar: el mercantilista sistema de acoples, por caso, es el mejor ejemplo. En esos mitines, además, Alperovich debe hacer silencio frente a los reclamos de los que se sienten un motor del equipo, pero que pierden protagonismo frente a las nuevas estrellas. Y no precisamente estas escenas de celos surgen por los minutos en la cancha. El planteo es otro: "si nosotros hacemos el esfuerzo, ¿por qué los recursos se vuelcan a los acoples amayista (con Germán Alfaro de estratega) y alperovichista (con el ministro Jorge Gassenbauer en la labor intelectual)?".
Si el mensaje que baja no es convincente, los jugadores no salen a la cancha compenetrados con la misión que deben cumplir.
Intrigas y desconfianza
El alperovichismo hoy es una muestra de que el fair play se acabó. Entre los propios acoplados hay roces y tensiones insalvables. Cada gesto despierta desconfianza; como el lunes, cuando el ministro del Interior, Osvaldo Jaldo, pidió el voto para Alfaro en plena sede del justicialismo, al lado de Amaya.
Ese nivel de intriga se profundizará después del 28 de agosto, porque la mayoría de los referentes peronistas es consciente de que, con 25 acoples legislativos en la capital, corre serio riesgo de quedarse afuera. "Que los que no entren no se preocupen, porque los vamos a contener", es otra de las arengas que, con poco éxito, suele repetir en esas tertulias del poder. El problema es que todos quieren entrar. Saben que sus pases se cotizarán sólo si juegan en la cancha. Y en esa eliminatoria para 2015 habrá partidos a todo o nada. Por eso Alperovich apuesta a demostrar que es un DT exitoso; y el intendente Domingo Amaya, a plantarse como el sucesor natural.
Pero en esta política de acoples ya no basta con la mística uruguaya para ganar torneos. Menos cuando un DT privilegia al equipo de estrellas.
Desde hace 15 días, Alperovich comenzó a citar en su despacho a los referentes territoriales del oficialismo, sean acoplados u oficiales. El mensaje del gobernador es claro, aunque para nada convincente: todos deben trabajar con el mismo ímpetu para las PASO que para las provinciales del 28 de agosto. Como buen obsesivo, Alperovich es un hombre acostumbrado a observar rivales, por lo que es consciente de que esa empresa es imposible: nadie trabaja por el pellejo de otro con la misma fuerza que lo hace por el propio. Ni él, tan preocupado por regalarle unos 350.000 votos a la presidenta, Cristina Fernández.
Alegorías
Ni siquiera con esa alegoría a la garra charrúa que permitió a los orientales ganar la competición continental, el mandatario logra contagiar de compromiso a sus jugadores. "Hay que poner huevo, mucho huevo (sic)", repite Alperovich en esas reuniones. El mensaje futbolero, decodificado en la jerga política, es contundente: no habrá recursos extra para que junten votos por Cristina, pero deben hacerlo igual, por amor a esta camiseta que tanto les dio.
Ese discurso, en un hombre que llevó la política a su grado máximo de expresión comercial, tiene pocas posibilidades de triunfar: el mercantilista sistema de acoples, por caso, es el mejor ejemplo. En esos mitines, además, Alperovich debe hacer silencio frente a los reclamos de los que se sienten un motor del equipo, pero que pierden protagonismo frente a las nuevas estrellas. Y no precisamente estas escenas de celos surgen por los minutos en la cancha. El planteo es otro: "si nosotros hacemos el esfuerzo, ¿por qué los recursos se vuelcan a los acoples amayista (con Germán Alfaro de estratega) y alperovichista (con el ministro Jorge Gassenbauer en la labor intelectual)?".
Si el mensaje que baja no es convincente, los jugadores no salen a la cancha compenetrados con la misión que deben cumplir.
Intrigas y desconfianza
El alperovichismo hoy es una muestra de que el fair play se acabó. Entre los propios acoplados hay roces y tensiones insalvables. Cada gesto despierta desconfianza; como el lunes, cuando el ministro del Interior, Osvaldo Jaldo, pidió el voto para Alfaro en plena sede del justicialismo, al lado de Amaya.
Ese nivel de intriga se profundizará después del 28 de agosto, porque la mayoría de los referentes peronistas es consciente de que, con 25 acoples legislativos en la capital, corre serio riesgo de quedarse afuera. "Que los que no entren no se preocupen, porque los vamos a contener", es otra de las arengas que, con poco éxito, suele repetir en esas tertulias del poder. El problema es que todos quieren entrar. Saben que sus pases se cotizarán sólo si juegan en la cancha. Y en esa eliminatoria para 2015 habrá partidos a todo o nada. Por eso Alperovich apuesta a demostrar que es un DT exitoso; y el intendente Domingo Amaya, a plantarse como el sucesor natural.
Pero en esta política de acoples ya no basta con la mística uruguaya para ganar torneos. Menos cuando un DT privilegia al equipo de estrellas.